Cada temporada estival, centenares de cruceros parten desde el puerto de Ushuaia rumbo al continente blanco. Transportan a miles de turistas de alto poder adquisitivo provenientes de Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Francia, Japón, Canadá y, cada vez más, China. Sin embargo, Argentina no posee participación accionaria en ninguna de las corporaciones navieras que operan este millonario negocio. Las empresas son noruegas, británicas, francesas, canadienses, alemanas y estadounidenses. Argentina simplemente ofrece un punto estratégico para la logística, cobrando una tasa portuaria mientras observa cómo las divisas del turismo antártico circulan por un circuito cerrado que nunca toca sus arcas.
Esta paradoja —ser la puerta de entrada sin ser beneficiario del negocio— condensa la esencia de lo que puede denominarse colonización silenciosa: un mecanismo mediante el cual el turismo masivo, bajo la apariencia de una actividad económica inocua y hasta benéfica, perpetúa la dominación geopolítica, económica, sociocultural e ideológica de las naciones centrales sobre las periféricas. En el caso del Atlántico Sur, esta colonización tiene un nombre propio: Malvinas y Antártida.
Para comprender el fenómeno del turismo como mecanismo de colonización, es necesario recurrir al concepto de poder blando desarrollado por Joseph Nye en Bound to Lead: The Changing Nature of American Power (1990) y ampliado en Soft Power: The Means to Success in World Politics (2004). Según Nye, el poder es la habilidad para influir en el comportamiento de otros y obtener los resultados anhelados. El poder blando opera a través de tres categorías: la cultura, las políticas y los valores políticos. No se impone mediante la coerción militar, sino mediante la seducción, la persuasión y la conformación de preferencias.
El politólogo argentino Marcelo Gullo, en La Insubordinación Fundante (2008), retoma este concepto y lo articula con la teoría de la dependencia y el pensamiento nacional latinoamericano. Gullo sostiene que los Estados periféricos que lograron emanciparse exitosamente lo hicieron mediante una adecuada conjugación actitudinal de insubordinación ideológica y un eficaz impulso estatal. El umbral de poder es definido como el quantum de poder mínimo necesario por debajo del cual cesa la capacidad autonómica de una unidad política. Cuando una nación periférica desciende por debajo de ese umbral, queda en estado de subordinación. En el caso de Malvinas y Antártida, el turismo masivo opera como una herramienta de poder blando que mantiene a Argentina por debajo de su umbral de poder en la región, consolidando la presencia británica y de la OTAN en el Atlántico Sur.
Fermín Chávez, en Epistemología para la Periferia (2012), sostiene que la exportación de ideología desde el centro hacia la periferia no constituye un hecho nuevo en la historia de la humanidad. Lo que sí es nuevo es la toma de conciencia de los pueblos periféricos del significado de la ideología que han recibido o siguen recibiendo de los sistemas centrales de poder. Chávez denomina colonización pedagógica al proceso mediante el cual la ideología del sistema central ocupa todo el espacio cultural —ontológico, lógico, psicológico, ético y estético—, imponiendo un modelo global que hace desaparecer la conciencia propia del colonizado. En el caso argentino, la desmalvinización es una manifestación clara de esta colonización pedagógica. Se trata de un proceso sistemático de borrado de la memoria colectiva, de negación de la identidad bicontinental y de banalización de la Causa Malvinas.
Juan José Hernández Arregui, en ¿Qué es el ser nacional? (2005), define el ser nacional como un concepto general y sintético, compuesto por una pluralidad de subconceptos subordinados y relacionados entre sí. Es una comunidad establecida en un ámbito geográfico y económico, jurídicamente organizada en nación, unida por la misma lengua, un pasado común, instituciones históricas, creencias y tradiciones comunes conservadas en la memoria de un pueblo, y amuralladas en una actitud de defensa ante embates internos y externos. El imperialismo cultural, según Hernández Arregui, es el proceso hegemónico de superposición de una cultura dominante sobre una cultura dominada, cuyo objetivo es introducir una nueva ideología dominante que erradique la idiosincrasia preexistente. En Malvinas y Antártida, el turismo masivo contribuye a este proceso al presentar a los visitantes una versión sesgada de la historia, negando la presencia argentina previa a 1833 y consolidando el relato británico de la autodeterminación de los kelpers.
Según datos citados por Basavilbaso, el turismo en Malvinas genera 10 millones de libras al año y es el segundo sector más importante de la economía local, representando un 6,6% del Producto Bruto Interno. En 2017, los 57.496 cruceristas —la mayoría solo estuvo en suelo malvinense durante unas horas— gastaron en Puerto Argentino casi 3,5 millones de libras. Sin embargo, estas cifras deben analizarse desde una perspectiva periférica. La economía de las islas se basa, en primer lugar, en la explotación de licencias de pesca y en los permisos de exploración de recursos petrolíferos en la zona marítima circundante. Según el geógrafo argentino Ernesto Dufour, solo la pesca representó el 43% del PIB de las islas entre 2007 y 2016, lo que permitió el autofinanciamiento de las islas en cuanto al sistema de bienestar social e instituciones gubernamentales, a excepción del mantenimiento de la base militar de Monte Agradable. El turismo de cruceros se inserta en esta matriz económica como una actividad complementaria que diversifica los ingresos de los isleños. La venta de excursiones a pinguineras y estancias, sumado a la venta de souvenirs y entradas a los museos, garantiza un ingreso extra durante los meses estivales. Las islas ya están equipadas con hotelería para aquellos turistas que llegan por vía aérea, principalmente a través de LATAM, que opera la ruta Santiago de Chile-Punta Arenas-Monte Agradable.
Uno de los aspectos más preocupantes del turismo de cruceros en Malvinas es el rol de las conferencias a bordo. Según Basavilbaso, dentro de los cruceros los pasajeros son invitados a participar en conferencias dictadas por pseudoespecialistas en distintas disciplinas, al punto que, al mejor estilo de inoculación televisiva, toman como versión verídica lo que allí se les incita a creer. Es inusual que el propio pasajero decida indagar por cuenta propia acerca de la veracidad del discurso allí impuesto. El turista desciende a las islas con una falsa idea, una falsa concepción de los hechos y un falso imaginario geográfico. En el museo histórico de Puerto Argentino, el guion museológico y museográfico se centra en mostrar a Argentina como la verdadera nación invasora, siendo la población local víctima de dicha incursión. La información brindada es totalmente sesgada y tergiversada, al punto que, en muchos casos, consigue que el turista se vaya convencido de la versión británica e ignorando la versión argentina.
Un aspecto particularmente revelador de la colonización silenciosa es la instrucción que se brinda a los pasajeros de cruceros que visitan las islas. Según la información oficial proporcionada por el Falkland Islands Tourist Board, se advierte a los visitantes que el ordenar o mostrar banderas argentinas o el usar uniformes militares argentinos en cualquier lugar de las Islas Falkland podría causar preocupación y afición pública. Por favor no lo haga para así evitar inconvenientes o molestias innecesarias. Esta prohibición constituye una clara violación de la libertad de expresión y una manifestación de la soberanía de facto que el Reino Unido ejerce sobre el territorio. Peor aún, es una imposición que el Estado argentino ha tolerado históricamente sin ejercer represalias efectivas. Mientras tanto, se permite que los turistas visiten los campos de batalla de 1982, donde todavía hay explosivos sin detonar, y se les advierte sobre los peligros de mover objetos o sacar municiones.
En enero de 2024, el crucero Norwegian Star, de bandera bahameña, perteneciente a la NCL (Norwegian Cruise Line), con capacidad para 2.348 pasajeros y 1.031 tripulantes, se disponía a atracar en Puerto Argentino. A bordo había 800 pasajeros de nacionalidad argentina que habían programado su viaje para visitar por primera y única vez las islas Malvinas y rendir homenaje a los soldados argentinos caídos en la gesta de recuperación de 1982 en el Cementerio de Darwin. Sin embargo, el capitán anunció que no podrían atracar por cuestiones climáticas. Este argumento quedó completamente invalidado cuando dos cruceros de otras empresas navieras pudieron atracar sin problema alguno. Andrés Dachary, secretario de Malvinas, Antártida, Islas del Atlántico Sur y Asuntos Internacionales de la provincia de Tierra del Fuego, sostuvo que más allá de la capacidad legal de las autoridades del crucero para tomar la determinación, está clara la funcionalidad que la empresa ha tenido. Este incidente constituye una muestra más de cómo el turismo masivo en Malvinas no es una actividad neutra, sino que responde a intereses geopolíticos que trascienden lo meramente comercial. Permitir el desembarco de 800 argentinos que rendirían homenaje a sus caídos implicaría la mayor presencia de argentinos en territorio de las islas en la historia. Dicho evento no podía trascender en las redes ni en los medios hegemónicos de desinformación masiva, dado que haría caer toda una campaña de desmalvinización impuesta desde el Estado argentino.
La cuestión de Malvinas no puede analizarse de manera aislada. Las islas constituyen un enclave de poder en los mares del Sur en el que los países centrales focalizan su poderío militar, que será puesto en práctica en el momento en que los Estados miembros del Tratado Antártico se disputen la potestad de explotar los recursos minerales que allí radican. Los países periféricos como Argentina y Chile podrían figurar en un rol secundario como simples espectadores. Mientras tanto, es el turismo el que va gestando un imaginario de pertenencia en la población de las naciones centrales a través de sus mercados de alto poder adquisitivo que viajan a ese destino y que, llegada la instancia de un conflicto, jamás se opondrían a su explotación.
El Tratado Antártico, firmado en 1959, establece que ninguna actividad que se lleve a cabo durante su vigencia constituirá fundamento para hacer valer, apoyar o negar una reclamación de soberanía ni para crear nuevos derechos de soberanía en la región. Los Estados firmantes se comprometen a no hacer nuevas reclamaciones de soberanía territorial y a no ampliar las que se hicieron con anterioridad a su firma, mientras el Tratado esté en vigencia. Argentina suscribe al Tratado sin renunciar a sus pretensiones soberanas, así como tampoco lo hicieron Chile y el Reino Unido. La ocupación permanente de la Antártida Argentina se inició en 1904, tres años después de la creación del Instituto Geográfico Militar. Fue el mismo Julio Argentino Roca, durante el último año de su segunda presidencia, quien inició la ocupación táctica de las cercanías de la península antártica. Desde entonces, y por los siguientes cuarenta años, fue Argentina el único país del mundo con presencia permanente en la Antártida. En la actualidad, la nación ostenta 120 años de permanencia en la misma. Argentina reivindica sus derechos estableciendo un sector dentro de los meridianos 25° y 74° de longitud Oeste de Greenwich al Sur del paralelo 60° de latitud Sur. Se basa en la teoría del sector, formulada por el senador canadiense Pascal Poirier en 1907, y en la teoría de la continuidad geológica, que sostiene que la Antártida occidental es una prolongación natural del territorio sudamericano de la Tierra del Fuego.
En 1991 se crea la IAATO (Asociación Internacional de Tours Operadores de la Antártida), una asociación comercial integrada por las compañías dedicadas al turismo en la Antártida, con el fin de promover viajes responsables al continente. A partir de ese año se comienzan a planificar los lineamientos estratégicos de quiénes y cómo se encargarían de llevar adelante este millonario negocio. Operadores turísticos mayoristas y empresas navieras de capitales noruegos, británicos, franceses, canadienses, alemanes y estadounidenses comienzan a disputarse la explotación de los cruceros turísticos hacia la Antártida, utilizando principalmente el puerto de Ushuaia y el de Punta Arenas (Chile) como segunda alternativa. Argentina posee la puerta de entrada a la Antártida sin tener la participación accionaria en ninguna de las corporaciones encargadas de tamaño negocio, sino que simplemente ofrece un punto estratégico para la logística del desarrollo turístico del continente blanco. El único beneficio es el lucro con la tasa portuaria que deben pagar cada una de las empresas navieras. El segmento de mercado turístico que consume este tipo de producto proviene de los países centrales como Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Francia, Japón, Canadá y, actualmente, el mercado chino se ha incorporado a este tipo de consumo suntuario. Todas estas naciones, en mayor o menor medida, tienen participación en el Tratado Antártico, por lo que cabe destacar que el turismo es una actividad que afianza imaginarios de pertenencia o imaginarios geográficos. Hacia el año 2014, el Tratado Antártico redujo drásticamente la cantidad de cruceros que podían navegar por esa región austral alegando cuestiones ambientales, con lo que, al reducirse la cantidad de frecuencias, se aumentó indefectiblemente el costo por pasajero, siendo consumido única y exclusivamente por visitantes de muy alto poder adquisitivo. Países como Argentina y Chile, que forman parte no solo del Tratado Antártico sino que además comercializan sus puertos para tal fin, quedan al margen del consumo de dicho producto.

Uno de los aspectos más profundos de la colonización silenciosa es la negación de la bicontinentalidad argentina. Durante décadas, la cartografía oficial mostró un imaginario territorial centrado en la región pampeana como enclave productivo argentino, erradicando la visión de Argentina como dueña de los mares del Sur, en especial el Atlántico Sur e islas que lo circundan. Como sostiene Basavilbaso, en el imaginario mundial, Argentina debía ser semantizada como el granero del mundo, pero jamás como dueña de los mares del Sur. Lamentablemente, esta fue la línea que se llevó adelante a través de la colonización pedagógica padecida por la mayoría de la población argentina, hasta el punto de minimizar y banalizar la Causa Malvinas y la lucha por la soberanía de las islas. La institucionalización legal y obligatoria del mapa bicontinental implica una revisión acerca de la concepción geográfica que se tiene sobre la dimensión marítima y la semántica que sugiere esta representación cartográfica. Sin embargo, el mapa bicontinental es un hecho de política internacional, no lo es ni de diplomacia ni de derecho, al menos por el momento.
Un ejemplo paradigmático de la sumisión de los gobiernos argentinos a los intereses británicos fue el Acuerdo Foradori-Duncan, firmado el 13 de septiembre de 2016 durante el gobierno de Mauricio Macri. Por medio de dicho acuerdo, los británicos impusieron condiciones como remover todos los obstáculos que pudieran afectar el desarrollo de las islas, incluyendo la exploración y explotación de recursos naturales. El acuerdo fue dejado sin efecto durante el gobierno del presidente Alberto Fernández, con fecha 2 de marzo de 2023, por iniciativa de los diputados nacionales Paula Penacca y Aldo Leiva. Dentro de los fundamentos de la derogación, se determinó que, con la firma del mismo, el gobierno argentino estaba cediendo soberanía y permitiendo el fortalecimiento de las posiciones británicas y colonialistas en el Atlántico Sur. Sin embargo, el daño ya estaba hecho. Durante casi siete años, el acuerdo facilitó la explotación de recursos naturales por parte de los británicos y consolidó la presencia colonial en las islas.
La Ley Gaucho Rivero, sancionada por la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur el 25 de agosto de 2011, establece en su artículo 1°: Reafírmense los imprescriptibles derechos sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y sus espacios marítimos circundantes como parte integrante del Territorio de la Provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur conforme lo estipula la Ley nacional 26.552. El artículo 2° prohíbe la permanencia, amarre o abastecimiento u operaciones de logística en territorio provincial de buques de bandera británica o de conveniencia, que realicen tareas relacionadas con la exploración, explotación de recursos naturales, buques militares, dentro del ámbito de la cuenca de las Islas Malvinas sobre la plataforma continental argentina. Esta ley fue aplicada en febrero de 2012 por la entonces gobernadora Fabiana Ríos, impidiendo el amarre en el puerto de Ushuaia de dos cruceros turísticos, Star Princess y Adonia, de bandera de las islas Bermudas. Dicha decisión tuvo como contracara un fuerte reclamo de Londres y de su cancillería, que hicieron la salvedad de que la ley no podía afectar a los cruceros turísticos.
Cuando se analiza el sometimiento económico en este caso, la balanza comercial de la región patagónica argentina resulta ser negativa no por pérdidas directas, sino por ausencia de ingresos generados con el desarrollo de actividades económicas que debieran favorecer a toda la región pero que, infelizmente, son apropiados por la nación usurpadora de las islas y de los derechos marítimos del Atlántico Sur. Según datos del INDEC tomados en el primer semestre de 2023, la región patagónica en su conjunto ostenta el índice de pobreza más bajo a nivel nacional, alcanzando un 33,2%. Sin embargo, este índice podría ser más bajo si todos los réditos de las actividades económicas, incluida la turística, fueran capitalizados en la región.
El nivel de proceso de inculturación está íntimamente relacionado con el proceso de desmalvinización que se instituye desde el poder central en el gobierno nacional, el cual no es solamente promovido desde estas altas esferas, sino que el mismo está pactado y pautado por poderes foráneos con la consigna de resetear la conciencia de los pueblos en cuanto a su propia historia, su propia concepción territorial y su propia identidad espacial y geográfica. Existe un doble proceso de inculturación presente en torno a las Islas Malvinas. Por un lado, del lado argentino, inocular la idea de que la nación nunca tuvo una presencia efectiva en los mares del Sur y, en este sentido, se incluye a la presencia y reclamos de soberanía por sobre las Islas Malvinas. Por otro lado, del lado británico, presentar a los turistas una versión sesgada de la historia que niega la presencia argentina previa a 1833.
El grado de imperialismo cultural es muy fuerte en la región, dado que Gran Bretaña y la OTAN se han encargado de inocular a nivel mundial la concepción de que las Islas Malvinas y sus pares del Atlántico Sur han pertenecido históricamente a las naciones centrales usurpadoras. En la población argentina existen dos tipos de ciudadanos: aquellos verdaderamente argentinos y aquellos nacidos en Argentina pero con una mentalidad e idiosincrasia eurocentrada y anglófila que permanentemente niegan la validez del reclamo de soberanía sobre el territorio usurpado. Constituidos por ese medio pelo de la clase media argentina que cree ser lo que no es ni será nunca, como sostendría Arturo Jauretche, siembran el estigma de la desmalvinización en todos los ámbitos del Estado argentino. Y es en este punto donde puede observarse el mayor grado de imperialismo cultural de todos los estudios de caso descriptos en esta investigación. Los acontecimientos que se van suscitando en torno a la Causa Malvinas, por mayores o menores que sean, se inscriben en el marco planteado por Hernández Arregui contribuyendo a borrar de la memoria colectiva de un pueblo una causa que es transversal a toda la ciudadanía. Erradicar, en este sentido, la Causa Malvinas de la memoria histórica y de la identidad del pueblo argentino no es más que una sumisión a los requerimientos de la nación invasora.
El nivel de injerencia del poder blando es uno de los más elevados en cualquier espacio geográfico que se analice a nivel mundial. Sin embargo, el mismo padece grados de resistencia plasmados a través de un nivel de proceso de inculturación moderado pero con un alto grado de nivel de conciencia de epistemología periférica. La preservación de estas dos variables de análisis como mecanismo de resistencia continua ante el avance del umbral de intromisión geopolítica hace que el éxito del mismo sea relativo, siempre que gobiernos como el actual en la República Argentina les garanticen a los usurpadores incrementar ese umbral.
A lo largo de este recorrido, ha quedado demostrado que el turismo masivo en las Islas Malvinas y la Antártida constituye un mecanismo de colonización silenciosa que el gobierno argentino jamás erradicó. Lejos de ser una actividad económica neutra, el turismo de cruceros opera como una herramienta de poder blando que afianza imaginarios de pertenencia, desmalviniza la conciencia colectiva, consolida un enclave geopolítico de la OTAN y beneficia exclusivamente a los usurpadores, mientras la región patagónica argentina queda al margen de sus propios recursos. Pese a los reclamos diplomáticos formales y a normas como la Ley Gaucho Rivero, el Estado argentino jamás ha implementado una política efectiva para erradicar este mecanismo de colonización. Por el contrario, acuerdos como el Foradori-Duncan y la permisividad ante incidentes como el del Norwegian Star demuestran una complicidad estructural.
El turismo, en general, y el turismo receptivo, en particular, no se caracterizan por ser una simple actividad mercantilista en la que todos obtienen algún tipo de beneficio. Constituye un fenómeno social que debe ser tratado con detenimiento a fin de descifrar qué se esconde detrás del mismo. En el caso de Malvinas y Antártida, lo que se esconde es un mecanismo de colonización silenciosa que perpetúa la dominación británica en el Atlántico Sur y que el gobierno argentino jamás erradicó. Para revertir esta situación, es necesario repensar el turismo desde una concepción epistemológica periférica. Los ministerios, secretarías, direcciones y entes de turismo de las naciones periféricas deberían desarrollar planes estratégicos a largo plazo y de cumplimiento obligatorio y permanente. Las universidades públicas y privadas deberían ser convocadas para que se sumen a dicha planificación y revisen sus planes de estudio. El turismo debe ser concebido como un gestor de conciencia nacional, no como un instrumento al servicio de las grandes corporaciones. Como sostiene Basavilbaso, el fenómeno social llamado turismo, investigado a través de un andamiaje teórico basado en la matriz de pensamiento latinoamericano, nacional y popular, constituye un mecanismo de colonización silenciosa de las naciones centrales por sobre las periféricas que es necesario revertir a fin de que grandes intereses travestidos de corporaciones turísticas y hoteleras no solo degraden espacios geográficos sino que terminen por apropiarse de ellos ante la mirada cómplice de las autoridades gubernamentales de naciones subalternizadas. Mientras tanto, el turismo nos coloniza mientras miramos al Sur.
Héctor Andrés Basavilbaso* Licenciado en Museología Histórica y Patrimonial y en Turismo Sustentable. Investigador especializado en patrimonio cultural, historia y pensamiento nacional y latinoamericano.
Este artículo está basado en la tesis que el propio autor realizara para su grado de maestría en metodología de la investigación científica por la Universidad Nacional de Lanús, en el año 2024, bajo la dirección del sociólogo argentino Dr. Juan Godoy.
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