Algunos comunicadores exclaman azorados: “Llama mucho la atención, que los políticos del Peronismo, estén haciendo lo que hacen”. ¿De verdad constituye una sorpresa para esta gente bien pensante, el oportunismo, la falta de sentido estratégico, la pasión por la tranza y los consensos, siempre hacia la derecha? A nuestro entender, nos engañan o carecen de las mínimas herramientas hermenéuticas para interpretar la realidad. Oh quizás, ambas cosas. Habría que remontarse a los años de plomo, y a la década menemista, para de verdad encontrar las claves de la vida política actual, contemplando que fue entonces, en esos dos momentos seminales, cuando el Peronismo dejó de ser lo que era, para ser otra cosa.
En 2005, siendo muy joven – o no tanto – presenté en Córdoba, una ponencia titulada: Allí sostenía – un tanto petulantemente – que la “renovación cambió para siempre la fisonomía del Justicialismo, convirtiéndolo en un Partido Político Liberal”. Veinte años más tarde, y con mucha más humildad que entonces, lamento haber acertado. Hay un asunto muy grave y muy profundo que analizar, antes de proponernos sacar conclusiones válidas para el Futuro mediato o lejano; y es la calibración correcta, de las fuerzas orgánicas e inorgánicas, que componen hoy, el Movimiento Nacional y sus vínculos, no siempre lineales, con el Peronismo sindical y partidario.
No quiero ser repetitivo ni cargoso, pero la Política, como acción, no puede basarse en axiomas vacíos, consignas publicitarias y eslóganes conformistas: tiene que partir de un bosquejo más o menos realista de la vida social. Lamento informarles a los lectores atragantados de Filosofía Francesa, que la “realidad existe, y la modela el poder capitalista globalizado”. Hay que pararse frente a ese hecho material, histórico, con algo más que buenas intenciones. Los “derechos” no se otorgan desde el Trono – diría Robespierre – sino que se ganan luchando en la calle y en todos los ámbitos propicios. Y si queremos que eso ocurra – o vuelva a ocurrir – hay que abandonar los ecos lejanos y románticos, de un pasado que no volverá.
La Democracia Liberal tiene sus reglas, y el Peronismo nació para constituirse en alternativa superadora de ella, no para ser parte de su andamiaje institucional formal. Resistió todo, porque no quería y no quiso jamás, quedar condicionado por una serie de reglas que buscaban, entre otras cosas, domesticarlo, para luego aceptarlo. Su rebeldía fue, como bien lo anunciara Cooke, el motor más importante de su existencia: “ser el hecho maldito”, tal su identidad. Perón lo tenía claro, y por esa razón hablaba – al borde de la tumba – de pasar a una Democracia Social. Nadie quiso escucharlo.
El Peronismo es hoy una élite de políticos liberales, unidos por la búsqueda de notoriedad y de votos, seguidos por una caterva de oportunistas, empresarios de cabotaje y asesores en discursos vacíos. Una horda de mentirosos crónicos, con compulsión a la farsa y al ridículo. ¿Hay excepciones? Claro que las hay, y ellas confirman la regla. Ese escenario se configuró entre 1976 y 1989. Allí está la incubación del huevo de la serpiente. Los 2000, en sus dos décadas largas, han sido un epifenómeno entre esperanzador y progresista, de ese drama social que vivimos en Argentina: el fin de la Nación pujante, industrial y justa; y su reemplazo por una colonia extractiva de materias primas, minerales raros y energía fósil, llena de pobres, esclavos de la virtualidad mediática y sobrevivientes enojados de un sueño inconcluso.
El Kirchnerismo a la postre, no pudo – o no quiso – constituirse en bisagra, entre un tiempo y otro. Su crisis, es la de una manera de entender la Política, que no rompió jamás con la lógica de “los cargos y la billetera”, para apostar por la reconstrucción de un entramado comunitario acorde con la época que le tocó vivir. Nada de lo que heredó de la Renovación y del Menemismo, fue erradicado de sus prácticas cotidianas; incluso fue en algunas cuestiones, reforzado. Analizar ese proceso, mientras hacemos política práctica, es una tarea impostergable de todos y de todas.
No pretendemos, sin embargo, reproducir la posición gorila de cierta izquierda. El Pueblo y la Nación tienen que seguir siendo nuestro Norte. Pero: ¿Qué Pueblo y qué Nación? Los de 1945 y 1973, están muertos y enterrados. Los de 1990, están a punto de expirar en medio de la crisis de las Democracias Plutocráticas Occidentales; pero en esa catástrofe que se avecina, podemos cumplir el papel de peón obediente o de sujeto histórico activo; que partiendo de la realidad concreta, transforme a la misma, en un sentido de Justicia y Dignidad. Dejar de mirar para otro lado, es el principio de ese camino. De nosotros depende.
Por Silvano Pascuzzo