La Copa Mundial de la FIFA 2026 llegó a su fin en Nueva Jersey, marcada por un recorrido argentino de dolor, resiliencia e interpretaciones geopolíticas.
La derrota en la final ante España, por un solo gol en la prórroga, acabó con el sueño de un segundo título consecutivo, algo que solo Brasil ha logrado, en los lejanos Mundiales de 1958 y 1962. Fue un final amargo para la selección argentina, que, bajo el liderazgo de Lionel Messi, se había acostumbrado a jugar al límite y a extraer vida de donde solo había agotamiento.
El recorrido de la Albiceleste en esta Copa Trinacional, celebrada simultáneamente en México, Estados Unidos y Canadá, no fue triunfal, sino un triste tango, una sucesión de pruebas. Desde el drama contra Egipto hasta la victoria en la prórroga contra Suiza, “los Hermanos” transformaron la adversidad en identidad. El contrapunto ideal para Argentina fue Brasil. Mientras los argentinos avanzaban hacia la final, los brasileños observaban todo desde la distancia, sumidos en un tedioso silencio. La melancólica derrota de la selección nacional ante los Vikings de Erling Haaland fue otro capítulo vergonzoso para un equipo acostumbrado a perder, y a perder jugando mal. El contraste era evidente: de este lado de la frontera, faltaba rumbo y convicción, falta de alma; del otro lado, abundaba la astucia, la capacidad de “luchar” y el amor por la camiseta. ¡Qué triste Brasil!
El punto culminante de la épica trayectoria de Argentina en Norteamérica fue la semifinal contra Inglaterra. Ir perdiendo en el marcador y luego, gracias a una tenacidad a prueba de fuego, conseguir una dramática victoria por 2-1, revivió viejos fantasmas. Incluso durante el himno nacional al inicio del partido, era evidente que se derramaría sangre y sudor. La memoria diplomática no olvida la Guerra de las Malvinas de 1982, el último baile de la dictadura militar argentina. Más allá de la humillante victoria inglesa sobre los argentinos, la revancha entre los dos rivales transcontinentales en la América de Donald Trump —siempre marcada por la «mano de Dios» de Maradona— hace imposible olvidar que Estados Unidos traicionó los ideales panamericanos y las expectativas de los generales dictatoriales en favor de su alianza histórica con Inglaterra, a la que apoyó con inteligencia y logística, socavando así el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR).
Pero esta no sería la primera vez que Estados Unidos traiciona las expectativas de la región del Platino. Cinco décadas antes, en 1931, el buque convertible USS Lexington atacó y destruyó instalaciones argentinas en Puerto Soledad, en las Islas Malvinas Orientales, en una extraña disputa por los derechos de pesca y caza de focas en la región. Años después, tras la Segunda Guerra Mundial, cuando la Argentina de Perón intentaba mantenerse neutral entre Washington y Moscú, Estados Unidos estranguló la economía del país, impidiendo que Europa, financiada por el Plan Marshall, comprara trigo y ganado argentinos, negándole así al país una verdadera oportunidad de desarrollo. A Estados Unidos no le agrada Argentina.
Por lo tanto, hoy, ver a la Argentina de Milei doblegarse ante el Imperio estadounidense, repitiendo patéticamente los gobiernos neoliberales de Menem y Macri, es una triste contradicción: el espíritu de lucha de la selección nacional, que hizo que la derrota contra los españoles, sus antiguos colonizadores, resultara costosa, contrasta con la sumisión de la Casa Rosada (el palacio presidencial) hacia un país que siempre ha despreciado a los argentinos. Contrario a lo que piensan el gobierno y las élites tradicionales de Platino, la integración diplomática y económica en Sudamérica es el único refugio seguro para el país.
Brasil tiene todas las razones para mantener su apoyo inequívoco a la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas, participando también en un ciclo común de desarrollo. Más allá del fútbol, es necesario descolonizar las Américas, eliminando toda dominación imperialista. Sin embargo, una diplomacia madura exige pragmatismo y bilateralismo. Por lo tanto, la alineación con los intereses argentinos en las Malvinas requiere una clara reciprocidad, como una mayor integración productiva, cooperación estratégica en materia de energía y un compromiso mutuo con el Mercosur y el Sur Global.
Así concluye la Copa Mundial de la FIFA 2026, dejando lecciones que trascienden el terreno de juego. A diferencia de Brasil, Argentina se despide del torneo con la frente en alto, demostrando la fuerza de su camiseta y la profundidad de su historia, que, si bien admirable, debe tener la grandeza para superar graves males, entre los que se encuentran el lamentable flagelo del racismo y el exterminio de los pueblos indígenas. Mientras tanto, el contraste entre la sumisión de Milei y la arrogancia de Trump, el principal referente mundial en materia de precios, recuerda a Brasil y a los pueblos de América Latina que, tanto en la política mundial como en el fútbol, la verdadera fuerza reside en la solidaridad entre vecinos. Brasil y Latinoamérica deben liberarse de las imposiciones extranjeras y forjar su propio camino. ¡Que llegue ya el Mundial de 2030!
Lier Pires Ferreira* Doctor en Derecho (UERJ). Investigador en NuBRICS/UFF.
Este artículo ha sido publicado en el portal onorteonline.com
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