Me preguntan qué tiene que ver “los aranceles de Trump” con la vida del argentino común, el que mira el precio del aceite, se pelea con la boleta de luz y hace malabares para llegar al día 30. La respuesta es sencilla: cada vez que en Washington deciden jugar a la guerra comercial, acá no vemos el misil, pero sentimos la onda expansiva en la góndola, en el dólar y en el recibo de sueldo.
A los aranceles los presentan como una epopeya patriótica para “defender al trabajador americano”, ese obrero idealizado que ya casi no existe. En la práctica son otra herramienta más del para intentar frenar su decadencia irreversible: castigan al rival (China), disciplinan a la tropa propia (Europa, México, etc.) y de paso reordenan la economía mundial para que la factura la paguen los más débiles. Hay un dicho indio que dice que cuando dos elefantes luchan, la que sufre es la hierba, y esa hierba somos nosotros.
Cuando Trump sube aranceles a China o a cualquier otro, no está discutiendo una tasa abstracta; está rompiendo las cadenas globales de producción globales. Esas cadenas globales son las que pertenecen a sus enemigos internos y externos, y cada impacto también golpea de alguna manera a los que están integrados a esas cadenas. Antes nos privaba de producción con valor agregado propia, hoy se traduce en más incertidumbre, más volatilidad financiera y más histeria en los mercados. Con los mercados nerviosos recrudecen las presiones y todos corren al dólar “seguro”. Se detienen inversiones, se frenan negocios, se ralentizan compras, se pierden capitales.
EEUU por su declive juega a la ruleta con aranceles, sanciones y amenazas; el mundo financiero reacciona; el dólar se fortalece; las monedas débiles se derrumban. En esa línea de debilidad estructural estamos nosotros. Cada giro de la manija en Washington empuja nuestra devaluación un poco más, cada vez que se devalúa, el sueldo en pesos se encoge, la inflación se recalienta y el gobierno de turno corre al FMI a pedir permiso para seguir respirando.
Del otro lado del tablero está China, el verdadero blanco. La guerra de aranceles no es ideológica, es geopolítica: se trata de frenar a la potencia que ya compite de igual a igual en tecnología, logística, infraestructura y, cada vez más, en moneda. Es una mecánica ya conocida, un país protege su industria en ascenso y cuando llega a su mayor competitividad, reclama el libre comercio. EEUU ya no puede competir de igual a igual, y para solucionar ese problema debe recurrir a los aranceles, dejando a China fuera de su mercado, o al menos, intentándolo.
Para el mundo y para la Argentina, China es un socio comercial clave. Cuando la guerra arancelaria comienza, la demanda global de alimentos y commodities se vuelve más errática, los precios tienden a caer, y nuestra balanza comercial estresada por la presión de la deuda, pierde oxígeno. Eso significa menos dólares genuinos y más dependencia de deuda, swaps, acuerdos condicionados y toda la ingeniería financiera y contable que usan nuestros brillantes tecnócratas para estirar la agonía, y llenarse sus bolsillos con comisiones, de paso.
Ante la guerra económica, también países como Argentina deben considerar otras estrategias para complementar los mercados en baja. Pero para eso haría falta algo que parece ciencia ficción con un gobierno como el de Milei: una dirigencia con proyecto propio de país, insertado regionalmente y no los ojos fijos en el teleprompter de Washington y Bruselas.
Lo que tenemos, es una clase política colonizada mentalmente que mira al mundo con los lentes del Departamento de Estado. Cuando Trump sube aranceles y amenaza a medio planeta, acá la reacción no es pensar cómo nos reposicionamos, sino correr a explicar servilmente que nuestras relaciones con China, “no significan darle la espalda a Occidente”. La lógica del perro golpeado que vuelve con la cola entre las patas al amo que lo patea. Simplemente, no ven en el mundo otra posibilidad que arrastrarse fútilmente en busca de clemencia.
Mientras tanto, la vida del argentino común se ajusta. Los aranceles encarecen productos, traban cadenas logísticas y alimentan una inflación global que se derrama hacia nosotros. No hace falta que el arancel caiga directamente sobre Argentina para que nos afecte: basta con que modifique precios de referencia, encarezca seguros, transporte y financiamiento. En una economía que importa componentes para casi todo —desde un auto hasta un medicamento—, cualquier sacudón del comercio mundial termina en la etiqueta de la góndola o en el valor del dólar blue. Solo la profunda recesión desatada por las políticas d eMilei frenan este proceso, no hay plata para comprar lo básico, menos para aumento y los comerciantes deberán reducir sus márgenes.
Sumemos a eso el otro aspecto: las tasas de interés internacionales. Las guerras de aranceles son parte de una pelea mayor por ver quién absorbe la crisis del sistema. Estados Unidos, en lugar de reconocer que construyó un modelo basado en deuda infinita y financiarización parasitaria, prefiere hacer lo que siempre ha hecho: trasladar el costo hacia afuera. Cuando sube tasas para “corregir desequilibrios”, atrae capitales desde la periferia que se vacía aún más. Cuando baja tasas e inunda de liquidez, inflan burbujas que también terminan estallando en cadena. En ambos casos, Argentina recibe un golpe: más endeudamiento cuando el dólar está barato, más ajuste cuando el dólar se dispara. Un juego en el que siempre pierde.
¿Y el famoso trabajador norteamericano que supuestamente se ve protegido por estos aranceles? En el mejor de los casos, tiene un par de años de respiro en sectores específicos; en el peor, paga con inflación y precarización un cuento que beneficia sobre todo a las grandes corporaciones y al aparato militar-industrial. A nosotros, ni eso nos toca: no vemos la fase del “alivio” ni del “proteccionismo”, si realmente llega a EEUU. Solo recibimos la factura de un sistema que ya no se sostiene y busca a quién culpar, peor que extrañamente su dueño y algunos d esus empleados, insisten en apoya a Milei.
Lo interesante es que, mientras el imperio juega al duro, el resto del mundo toma nota. Rusia, China, Irán y otros actores entienden que el dólar y el mercado norteamericano son armas tanto como monedas o plazas comerciales. Empieza una fragmentación del sistema: acuerdos en monedas locales, bancos de desarrollo alternativos, rutas comerciales que esquivan las rutas tradicionales. Es un proceso desordenado, lleno de contradicciones, pero marca una tendencia: la hegemonía unipolar se agrieta. El problema es que, en lugar de ubicarnos con inteligencia en esa transición, la dirigencia argentina insiste en atarse al mástil del Titanic.
Los “aranceles de Trump” son solo un síntoma visible de algo más profundo: el fin de un modelo que durante décadas nos vendieron como inevitable. El libre comercio era libre mientras los norteamericanos ganaban siempre; cuando empiezan a perder, el juego se cierra, se judicializa, se militariza y se aranceliza, se patea el tablero. La retórica de la “competencia justa” dura lo que tardan en aparecer competidores reales. Después vienen las sanciones, las prohibiciones tecnológicas, los embargos, las presiones sobre terceros países para que se alineen. Y, por supuesto, las colonias financieras como la nuestra, convocadas a “acompañar” ese proyecto, aunque les cueste pobreza masiva.
Para el argentino de a pie, traducido a lenguaje simple, la cosa es así: cada vez que en Washington suben un arancel, discuten una sanción o abren una guerra económica con alguien, el margen de maniobra de nuestro país se achica. Cuesta más colocar deuda, subir tasas, refinanciar vencimientos. El dólar se pone más nervioso, los importadores se cubren, los formadores de precios remarcan “por las dudas” y el trabajador vuelve a escuchar el sermón de siempre: “hay que ajustarse, no hay alternativa”. Lo que hay es poca imaginación y honestidad, por eso no se cambia de rumbo.
Sí hay alternativa. Pero no pasa por rogar que Trump —o quien sea que se siente en la Casa Blanca— sea benévolo con nosotros. Pasa por asumir que el sistema de centro–periferia está en crisis y que el lugar natural de un país como Argentina no es mendigar migajas, sino integrarse de manera inteligente a la arquitectura que están construyendo los nuevos actores del tablero. Seguir atados a un hegemón que responde con aranceles, sanciones y guerras cuando pierde poder es elegir voluntariamente el rol de daño colateral.
Los aranceles de Trump, en definitiva, no son una rareza técnica para especialistas en comercio exterior. Son un capítulo más de la guerra del imperio por no aceptar su decadencia.
Cuando veamos al próximo analista en televisión diciendo que “esto es un tema entre potencias”, hay que recordar algo elemental: cada vez que ellos juegan entre potencias, nosotros vemos las ofertas en el supermercado, buscas los descuentos y promociones preguntándonos cuánto más se puede estirar algo que, en realidad, hace rato que está roto. Recordamos entonces que el ajuste solo tiene como límite al paciencia de los ajustados.
Por Marcelo Ramírez